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  • 4 días, 4 noches y 4 horas - Capítulo 2

    De la costa del Garraf (Barcelona) a Menorca en kayak plegable

    Por: Xavier Kirchner (Publicado en Skipper Agosto 2003 nº 244)

    Escribo estas líneas mientras navego a 35 nudos con rumbo 322, de vuelta a Barcelona a bordo del “Ramón Llull” de Balearia. Serán menos de tres horas de travesía. La ida me tomó cuatro días, cuatro noches y cuatro horas. La hice remando en mi kayak y mi velocidad de crucero no superó los 3,3 nudos.

    Por fin en el mar

    A las 0700 aparecí en la playa de Garraf donde, en los bajos de una de las casitas de la playa, propiedad de un amigo y gracias a su amabilidad, tenía mi kayak montado desde hacía unos meses para mayor comodidad a la hora de hacer pruebas y entrenamientos. En Garraf ya estaban mis hijos Marc y Sergi y ellos me ayudaron a hacer los últimos arreglos y a cargarlo. Normalmente cargo mi kayak cuando ya está al borde del agua, sobre la arena dura, pero cuando empezamos eran sobre las 0900 y en la playa había ya suficiente gente para que me diese “corte” montar el número de ir y venir con montones de botellas y bolsas. Cuando con Marc y Sergi arrastré el kayak por la arena sobre su carro de transporte llevaba 35 Kg de bebidas, 15 de alimentos y otros 15 de equipo, 65 Kg de carga, prácticamente mi peso. Recé para que no se rompiera nada y a las 1000 cruzamos como pudimos por en medio de sombrillas, toallas de playa y bañistas entre intrigados y divertidos por el espectáculo y pusimos el kayak en el agua entre los tres.

    • ¿Cómo sabía dónde estaba y a dónde ? - FAQ

    • Mediante un GPS, de hecho llevaba 2 de la misma marca, el mío y uno que me prestó un amigo como sistema de repuesto. Los GPS actuales, aún siendo del tamaño de un teléfono móvil, pueden almacenar las cartas náuticas y registrar el recorrido realizado, aparte de calcular rumbos, velocidades, etc. Saber en cada momento y con precisión dónde está uno, qué tiene alrededor y dónde va proporciona una seguridad total. Sin esa tecnología el viaje hubiera sido prácticamente imposible. El rumbo que marca un GPS es el “rumbo sobre el fondo”, integrando por tanto el efecto del viento y las corrientes. Esos efectos pueden ser relativamente despreciables en una motora o un velero, pero llegan a ser muy importantes en un kayak que se mueve como mucho a 3 nudos y que no tiene orza. El “panel de instrumentos” que llevaba sujeto con goma elástica sobre el cubrebañeras del kayak constaba de GPS y compás magnético. La diferencia entre el “rumbo sobre el fondo” de uno y el “rumbo magnético” del otro llegó en algunos casos a ser de 40 grados.

    No recuerdo de quién es, pero la frase “En esta vida uno es libre de hacer lo que quiera, pero debe procurar no hacer el ridículo” estaba en mi cabeza cuando, empujé mi pequeño barco contra las olas, subí a bordo y di las primeras paladas en dirección al horizonte azul. En la playa quedaron mis hijos y Àngela, su madre, que pese a mi resistencia se las había ingeniado para sumarse a la aventura.

    Pronto dejaron de ver la pequeña mancha roja y amarilla que eran mi kayak y chaleco salvavidas. Pronto también y antes de lo que pensaba, dejé de tener cobertura GSM. Quería mandar mensajes a una lista de amigos avisándoles de que empezaba la aventura pero me fue imposible. El mar estaba rizado por el típico viento térmico que se levanta a mediodía que me llevaba a tierra en cuanto paraba un momento de remar, pero a pesar de eso pude mantener bastante tiempo mi velocidad teórica de crucero de 3 nudos, no muy inferior a la de los veleros que se cruzaron conmigo en sus paseos de fin de semana. Sobre las 1400 eché el ancla de capa para comer algo e instalar el pequeño mástil que llevaba preparado para montar el reflector de radar y la luz de posición. Me entretuve más de una hora probando por segunda vez el ancla de capa que, bastante espectacular en sus 2 metros de diámetro color amarillo “fosforito” despertaba la curiosidad de los veleros y motoras que todavía se cruzaban conmigo. Tan importante como el ancla es la práctica de las maniobras de su lanzado y recogida. Nada es fácil en un kayak de poco más de 60 cm de manga y quería estar seguro de que no tendría problemas si debía usarla en condiciones críticas.

    Con la cámara de fotos sumergible de “usar y tirar” que había comprado Sergi para mi el día antes, hice fotos de la costa a 5, 10 y 15 millas de distancia. La línea de costa no desaparecía nunca. Tengo amigos a quienes asusta un poco no ver tierra en los 360º del horizonte, pero eso era precisamente lo que quería yo.

    • ¿Cómo evitaba ser arrastrado por el viento? - FAQ

    • Llevaba un ancla de capa, estibada bien a mano en una mochila montada sobre el cubrebañeras. Esa ancla de capa, que había diseñado y construido yo mismo, funcionó de maravilla todas las veces que la usé y constituía la parte más importante de mi equipo de seguridad. Prácticamente idéntica en su forma a un paracaídas de los primeros tiempos y de 2 m. de diámetro, reducía la deriva de mi kayak por el viento cuando estaba parado a poco más de 0,5 nudos, aún en las condiciones de mayor viento y mar que me encontré durante la travesía: vientos de fuerza 5-7 y fuerte marejada con olas rompientes de más de 3 metros. Cuando en esas condiciones decidí levar el ancla de capa y correr el temporal, la velocidad del kayak sin prácticamente remar fue de entre 3 y 6 nudos. Tardar 20 horas en llegar a una costa rocosa que está, como era mi caso, a unas 10 millas sotavento y, caso de que en ese lapso de tiempo el temporal no haya amainado, hacerlo a 0,5 nudos de velocidad, o hacerlo en poco más de una hora y a 6 nudos puede representar la diferencia entre la vida y la muerte

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    Encuentro inesperado

    Todavía eran las luces de la costa perfectamente visibles cuando sobre la medianoche decidí dormir un rato. La adrenalinade la salida había desaparecido y, llevando 48 horas sin dormir y unas 10 de remo efectivo, estaba francamente hecho polvo. Me encontraba a unas 20 millas de la costa y la posibilidad de que un carguero se me llevase por delante, siendo pequeña, no era despreciable. Esa idea era la que más asustaba a mis amigos no marinos a quienes había contado mis planes. A mi no me atemorizaba especialmente. Confío en la vista y la profesionalidad de los hombres del mar y más por la noche, cuando una luz blanca es visible desde bastante lejos. Encendí la luz de posición, encendí también una luz estroboscópica que llevaba para aumentar mi visibilidad y, dejando el kayak a la deriva sin ancla de capa ni nada, me preparé para dormir. Como explico en la ficha técnica, me envolvía para dormir en una manta térmica, esas láminas de plástico metalizado super-fino con las que se envuelven los bebés cuando nacen. Como un bebé dormí yo cada noche y especialmente esa primera en la que la dosis de cansancio era superior.

    Programé para las 0200 la alarma de mi teléfono móvil, que hasta mi proximidad a una nueva costa no me servía más que de despertador, siendo la primera noche y estando relativamente cercano a tierra quería dar un vistazo al entorno antes de volver a dormir. Luna llena, calma chicha y cansancio. La alarma no llegó a sonar. Creo que llevaba menos de una hora durmiendo cuando “una presencia” me despertó. Esa presencia era un buque de la Compañía Transmediterránea parado a mi lado a pocos metros, con todas sus luces encendidas haciendo resplandecer su casco blanco, y unos focos iluminando la noche en dirección a mí. Hace pocos días he averiguado que ese buque era el “Fortuny” y Jaime Alonso su capitán, con quien no he podido todavía hablar. Quiero agradecerle sinceramente que intentara rescatarme y pedirle excusas por hacer perder el precioso tiempo de su buque. Parar un buque como el Fortuny a pocos metros de un kayak no creo que sea una maniobra sencilla y seguro que lleva bastante tiempo. Hacerlo para ayudar a alguien que está durmiendo envuelto en “papel de Albal”, como creo que dijo la tripulación, es realmente de agradecer.

    • ¿ Cómo dormía ? - FAQ

    • Dormir en el kayak en forma cómoda era uno de los principales problemas técnicos que me planteé desde el principio. Un kayak es un medio permanentemente húmedo y eso excluía usar un saco de dormir convencional. Todavía recuerdo la hora larga sin dormir que pasaba calentando mi saco mojado en cada cambio de guardia durante los primeros días de la regata TwoStar del 81 cuando el atlántico norte de nos puso de frente a José-Luis Ferrer y a mí. Esa era claramente una experiencia que no quería repetir. Además, debía estar preparado para la eventualidad de que el kayak volcase mientras dormía y yo fuese a parar al agua en mitad de la noche. No me pareció una buena idea la posibilidad de ir a parar al agua en mitad de la noche, dormido y además metido dentro de un saco. Excluida la solución del neopreno, ideé un sistema consistente en vestir, sobre el dos piezas de lycra, un mono de forro polar de cuerpo completo y unos escarpines en los pies de ese mismo material. El forro polar es un material muy cómodo y mantiene bien el calor cuando está seco, pero por su porosidad evapora el agua con rapidez y por tanto resulta frío cuando está húmedo En una aventura como la mía, mantener los músculos calientes es casi tan importante como dormir. Para evitar esa evaporación que enfriaría mi cuerpo, evitar también la radiación de calor y las mojaduras extemporáneas por el agua que corre por el fondo del kayak, me envolvía como 3ª capa en una manta térmica.

    A mí, intentando con grandes dificultades despertarme de un sueño más que profundo, se me vino el mundo encima. Un ferry como el Fortuny a la distancia de pocos metros de un pequeño kayak parece una catedral y las luces y los focos daban a toda la escena un aspecto fantasmagórico . En ningún momento me asusté, pensé que había “metido la pata” en forma descomunal y quería salir del lío cuanto antes y en la forma más discreta posible. Lo primero que seme ocurrió decirles, gritando hacia las luces desde mi kayak, mientras salía de mi sueño y de mi envoltura plateada, fue que estaba bien. “No se preocupe que en seguida vienen a rescatarle” oí que me decían. No sé con qué palabras pero intenté decirles que no necesitaba que me rescatasen. Oí que me preguntaban “¿Cómo va a volver?” Tenía claro que si les decía que pensaba ir remando hasta Menorca avisarían a la división marítima del Hospital Frenopático más cercano y estaría en poco tiempo vistiendo una camisa de fuerza. Zombie como estaba, no recuerdo qué les dije. Mientras hablaba desaté el remo que había sujetado para dormir en un lateral del kayak y di unas paladas para maniobrar y ver mejor a la gente del buque. En ese momento vi que éste empezaba a moverse y se alejaba suavemente. Supongo que hartos de perder el tiempo con un imbécil como yo, en cuanto vieron que tenia capacidad de movimiento autónomo decidieron continuar con su trabajo y dejarme con mis locuras, fueran estas las que fueren.

    Solo en el mar

    Me quedé otra vez solo en mitad de la noche. Apagué la luz estroboscópica a la que culpé de haber llamado la atención de la tripulación del Fortuny y remé para alejarme de allí. Estaba seguro que de un momento a otro vería la típica combinación de luces verde y roja de un buque que se acerca de proa, que allí se acabaría mi aventura y me preparé mentalmente para ello, pero no fue así por suerte.

    Al cabo de un par de horas de remar sin nadie que se me acercase volvió a vencerme el cansancio y decidí a ponerme a dormir dejando otra vez el kayak a la deriva.

    Me desperté con el sol bastante alto. No había viento y el mar estaba casi plano. Salté al agua, nadé un rato. Me alejé del kayak atado a un cabo y le hice fotos desde el agua. Esa mañana, como otras veces durante mi travesía, con el sol brillando en el cielo y todo, incluyendo mi propio cuerpo, funcionando como estaba previsto, pensé ¿cómo se puede ser más feliz de lo que yo estoy ahora?

    Dividir el día

    • ¿Cómo señalaba mi posición? - FAQ

    • En la popa del kayak monté un pequeño mástil hecho mediante una varilla de fibra de kevlar de las que se usan para construir cometas. En ese mástil monté un reflector de radar de los de tipo convencional (3 planos de aluminio a 90º) que tenía la ventaja de plegarse fácilmente y ocupar muy poco en la bolsa de transporte del kayak desmontado. Ese reflector, aparatoso, espectacular y con una resistencia al viento considerable, parece que era del todo inútil: la tripulación del Ramón Llull, con el que me crucé en mitad del camino no me “vieron” en el radar aún después de situarme visualmente.

      Para señalar mi posición durante la noche usé una luz de posición blanca fija de 360º que construí yo mismo usando luces LED para ciclistas. Los LEDs (diodos luminiscentes) brillan mucho y consumen muy poco.

      Con el objetivo de aumentar todavía más mi visibilidad monté en el tope de mástil una luz estroboscópica blanca, cuyos destellos eran visibles desde muy lejos. Antes de partir me cercioré de que no sería tomada por los profesionales del mar como una luz de emergencia. En teoría no debía ser tomada como tal, pero parece ser que lo fue.

    Los días que siguieron no tuvieron emociones importantes. Me entretenía en mis pequeñas meditaciones y en la rutina de remar y descansar. Pronto pacté conmigo mismo lo que fue mi norma de operación durante todo el viaje. Si uno piensa que le quedan por remar 100 millas sin más paisaje que el horizonte azul ni más compañía que los atunes es fácil desanimarse. Tampoco anima mucho pensar que ese día “sólo” deben remarse 30 millas, porque eso es un montón de distancia y de tiempo. Lo que me proponía en una de las pequeñas etapas en que dividí el día era un objetivo mucho más fácil de alcanzar: remar una milla. Miraba el GPS que decía que me faltaban por ejemplo 97 millas para llegar al Cabo de Caballería, mi primer destino en Menorca y decía para mí, “no pararás por nada hasta que ese trasto no marque que faltan ya tan sólo 96”. Mi GPS indica las décimas de milla. Al principio de la micro-etapa era fácil hacer que marcase 96.9, 96.8, 96.7, … Pasar de 96.4 a 96.3 ya costaba más. Una décima de milla, a velocidad de crucero eran unas 120 paladas y cuando estaba cansado me autoanimaba contándolas. El GPS marcaba 96.1 millas para el destino y yo contaba las paladas: 1, 2, 3, … Cuando estaba próximo a 120 sabía que faltaba ya muy poco para que el GPS marcase 96. A veces el cambio se producía antes de esa cifra y a veces algo después, pero no es problema hacer unas pocas paladas más por harto que se esté de remar. Cuando llegaba a la distancia objetivo descansaba 5 minutos de cronómetro. Me obligaba a descansar todo ese tiempo a pesar de que, estimulado, auque pueda ahora parecer estúpido, por ese pequeño éxito de remar una milla, tuviese ganas de volver a remar cuando escasamente había descansado 2 minutos. En los descansos me obligaba a comer sin mucha hambre y a beber sin mucha sed porque sé que debe mantenerse el nivel de hidratos de carbono en los músculos y en la sangre, debe mantenerse el cuerpo hidratado y debe mantenerse el equilibrio iónico. Sé que si se espera a que el cuerpo proteste, es ya demasiado tarde.